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Jesucristo, vida del alma (IV)

 

 

por Padre J.M Rodríguez de la Rosa

Queridos hermanos, es necesario, ineludiblemente, la purificación activa de los sentidos, que es obra del alma. Con ayuda de la gracia, de la vida de oración, de los  sacramentos el alma ha de operar tal purificación de sus sentidos, sin tal purificación no puede al alma avanzar en su unión con el Señor. El alma debe andar su propia vía purgativa, deshaciéndose de sus pasiones dominantes, de sus debilidades que le hacen flaquear en el seguimiento fiel al Señor en la vida de gracia. Hemos hablado ya de la importancia de la constancia, de la perseverancia en la vida de oración. Es muy importante que el alma sea consciente de su flaqueza y total dependencia de Dios, esta dependencia le hará perseverar en la oración, y la perseverancia le hará gustar las mieles de la presencia de Dios en ella.

¿Cómo empieza a sentir el alma la presencia de Dios? La constancia, el sincero deseo de amar a Dios, la firme decisión de recorrer la vía purgativa de los sentidos, dan su fruto, el Señor empieza a dar destellos de presencia en el alma. Ésta va desprendiéndose de sí misma, “viendo” su propia realidad, es decir, su más espantosa “nada”, al tiempo que va vislumbrando la inmensidad divina. El alma empieza a sentir con fuerza, con profunda intimidad, el temor de Dios, que hará de ella que en adelante sienta una grandísima delicadeza de no ofender al Señor; y al mismo tiempo ha lugar en ella algo nuevo, el deseo de vivir en la constante presencia de Dios.  Vivir esta presencia se vuelve en una necesidad para el alma, es como una atracción que Dios ejerce en ella, de forma tal que el alma siente la imperiosa necesidad de estar en trato constante con Él.

Entramos ya en una hermosa realidad fruto de la oración y vía purgativa. Esta presencia de Dios se materializa a través de una constante acción de la voluntad, que elevando sucesivas jaculatorias y deseos de amor, mantiene la presencia de Dios en ella. La voluntad tiene un papel importante, decisivo, busca al Señor y quiere tenerle siempre presente, así, aun cuando realice cualquier actividad, la voluntad elevará sus pensamientos a Dios para tenerle presente en cada momento, para recordar que lo que hace, sea lo que fuere, lo hace en la presencia de Dios.

Con la presencia de Dios, el alma desea hacer Su voluntad; pues no puede estar en la presencia divina y dejar hacer la voluntad de Dios. El alma ya ha entrado en un estadio de unión con Jesucristo, que, sin “fenómenos extraordinarios”, vive una vida ordinaria, extraordinaria. Es una vida “incipiente” de unión, pero lo más “incipiente” para el alma lo vive como “extraordinario”. La vía purgativa se intensifica, el deseo de santidad aumenta, el amor a la pureza y castidad se torna verdadero “fuego de amor” en el alma; el mero hecho de pensar en pecar provoca una verdadera angustia de tristeza. De aquella purificación activa de los sentidos se pasa a una delicadeza para no pecar lo más mínimo con ellos.

Quien desconoce la “vida” de estas almas, hierra al juzgarlas, viendo escrúpulos donde no los hay, donde sólo hay una delicadeza de amor. Es muy frecuente que  estas almas escuchen, en silencio, el “cariñoso” reproche de que no es bueno tener escrúpulos. Incluso en el confesionario no son entendidas, viendo el confesor escrúpulos donde no los hay. No hay escrúpulos donde sólo hay un amor a Dios que quiere ser incondicional. Siente el alma que ya nada puede desear para sí misma, si lo que desea no es del agrado del Señor, si no es Su santa voluntad. Jesucristo, a medida que toma posesión del alma, la va despojando con indecible delicadeza, paso a paso, con firmeza, sin que el alma sea muy consciente, dando por supuesto, que el alma se entrega sin reservas.

Ha tenido lugar el importante inicio de la vida de Jesucristo en el alma. Estamos en el inicio, quizá muchos no “avancen” más allá de esta vía purgativa del alma, sólo el Señor conoce el destino de sus almas. Hay mucho que profundizar en esta etapa, mucho que vivir; el alma está a prueba en su  fidelidad y correspondencia a la presencia de Dios en ella. Ha de llegar la purgación pasiva de los sentidos a cargo del mismo Dios, pero esto es otra cosa a relatar más adelante. Aún hemos de hablar más de la presencia de Dios, del temor de Dios, de hacer la voluntad de Dios.

Ha llegado el momento de hacer referencia, y a darle protagonismo, a las tentaciones. La presencia del maligno. Éste se hará presente en cuanto el alma inicia su trato íntimo y firme con el Señor. Las tentaciones vendrán en los momentos más inesperados, y muchas ocasiones dejarán muy sorprendida al alma, y la entristecerán, pues no entiende tal pensamiento o deseo que de forma inadvertida se ha instalado en su mente. El alma ha de pensar que todo ocurre por la voluntad de nuestro Señor Jesucristo, esto ayudará a alma a vencer sin mucho esfuerzo la tentación y a desterrarla de su mente.

El alma ha iniciado una verdadera vida interior.

(Continuará).

Ave María Purísima.

Padre Juan Manuel Rodríguez de la Rosa

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